site stats
Marta Romero

Testimonio Personal

Que malo podría haber hecho una jovencita de 15 años habiendo nacido en un hogar bien tradicional viviendo en una pequeña aldea a las faldas de una montaña y cuidada por 5 hermanos. A esa edad me confronte con esta pregunta cuando alguien me hablo de Cristo por primera vez. En primer lugar ¿que tenía que ver yo con los pecados cometidos por alguien más? Si Dios de verdad existía no podía hacerme pagar a mí, una jovencita inocente y bien portada por los pecados de otros.

Para mi esto de alguien hablarme del Evangelio fue algo bien inesperado, esa platica no era conmigo ni para mí pero ocurrió que yo estaba presente y habiendo estado presente no tuve escapatoria, al final tuve que confrontarme a mi misma con la pregunta más importante… ¿Tenia paz con Dios? ¿Estaba perdonada de pecados? ¿Había pedido perdón a Dios arrepentida? Sin duda al principio pensé que tendría la energía y seguridad para rechazar la invitación a aceptar a Cristo, pensé que me argumento de nunca haber hecho nada malo sería suficiente para disuadir a quien con insistencia demandaba de mi una respuesta pero cuando el Espíritu Santo tomo el control y las preguntas dejaron de venir de aquel extraño y se sentía como si se originaban en mi interior me di cuenta que aquella conversación no terminaría bien, que al final seria retada a considerar preguntas que a mi tierna edad no había nunca pensado en considerar.

Increíblemente, después de tantos años y de haber transcurrido un sinnúmero de eventos en mi vida a menudo hago memoria del día que acepte a Cristo. En esos tiempos mis amigas y yo conversábamos a menudo de historias de espíritus y personajes místicos y como uno haciendo siempre lo bueno no tenia nada que temer. En aquellos tiempos las calles eran obscuras y el único ruido ocasional en las noches era el de animales que salían al caer la noche a buscarse alimentar. No dudaba por un segundo que yo era buena, simplemente no había hecho nada a mi parecer, nada malo. Ayudaba a mis padres, trabajaba duro y sin descanso por mejorar nuestra situación y por la mayor parte era obediente. Un par de veces al año, en semana santa y navidad, visitábamos la iglesia católica de la comunidad.

Pero el día que aquel hombre vino a interrumpir nuestro almuerzo y mi papá salió a ver que quería y yo me fui detrás de él y comencé a escuchar aquella platica que todo cambiaria. Recuerdo la alegría que me dio después de haber aceptado a Cristo, fue como si por primera vez supe con convicción que no había nada entre Dios y yo, no había conflicto, había paz entre nosotros porque había aceptado a Su hijo Jesucristo. Ya Dios no escondía su rostro de mi porque ahora Dios no me miraba mas mis manchas, ahora me miraba cubierto en la sangre de Su hijo y me miraba perfecta. Ya no importaba que solo tuviera 15 años, había llegado a comprender que era tan culpable como Adán porque había nacido con una naturaleza de pecado y necesita esa salvación que ahora me hacía sentir tomada de la mano de Dios.

La vida sin Dios es una vida vacía y llena de inseguridad. Si estás aquí y sentías que no tenias necesidad de Cristo es posible que ahora sientas que si quieres a Cristo en tu vida, no importa si esta en la vida de tus padres, o de tus amigos, hoy lo quieres también en ti, quieres emprender un camino de aquí en adelante tomada (o) de la mano del Maestro.

Déjame orar por ti!